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Recuerdos del pasado (1882)

"En las aisladas memorias que ahora recopilo, no solo tuve en mira combatir errores i reírme de ridiculeces propias y ajenas, para desterrarlas de mi patria, sino también consignar, en calidad de testigo presencial, lo que éramos, para mejor valorizar lo que somos, i lo que pudiéramos ser, si hubiésemos sido menos remisos en seguir ejemplos dignos de ser imitados"

(Pérez Rosales, Vicente. Recuerdos del Pasado. 1814-1860. Santiago: Imprenta Gutenberg, 1886, tercera edición, p. 24).

Durante su último año de actividad política, Vicente Pérez Rosales redactó sus memorias de vida, las que fueron publicadas inicialmente por entregas en el folletín del periódico santiaguino La Época. El texto llevó como título "Recuerdos del pasado. 1814-1860" (1865) y ese mismo año se publicó como libro por iniciativa de sus amigos cercanos, los políticos e historiadores Luis Montt Montt (1848-1909), editor de la primera versión del libro, y Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886), prologuista de la misma edición. El texto fue tipografiado e impreso por el político y dueño de imprenta, Nataniel Miers Cox (1827-1909).

En 1882 se imprimió una segunda edición y en 1886 la tercera y definitiva, en la que se incluyó un bosquejo biográfico escrito por Luis Montt en honor al autor, que había fallecido poco antes de la publicación, junto a los prólogos que acompañaron su edición en el periódico La Época y sus dos primeras ediciones en formato libro, escritos por el propio Pérez Rosales.

Recuerdos del pasado fue definido como un libro que entremezcló el estilo de memorias con el de autobiografía, y en donde se confunde realidad y ficción al interior del relato, sobre todo en episodios descritos por el autor y de difícil verificación.

En su contenido, Pérez Rosales ahondó en su vida y realizó una descripción del Santiago colonial y republicano; contó la vida de su familia en el exilio durante la Guerra de Independencia, su retorno a Chile y posterior viaje a Francia donde estudió en la academia de Manuel Silvela y García de Aragón (1781-1832), que recibía a jóvenes de América y Europa. Comentó sobre las actividades económicas que realizó tras su retorno a Chile (agricultor, minero, comerciante, arriero cordillerano, cirquero, etc.) por la caída en desgracia económica de su familia y también dedicó varios capítulos a su estadía en California durante la "fiebre del oro".

Los capítulos finales fueron consagrados a su trabajo como Agente de Colonización, sus permanentes viajes por la selva valdiviana y sus ascensos al volcán Osorno en búsqueda de terrenos para colonizar, su viaje a Europa como Cónsul de Chile en Hamburgo y su retorno al país en 1859. El texto termina en el año 1860, cuando decidió dejar su trabajo relacionado a la migración y fue designado Intendente de Concepción.

Pérez Rosales incluyó también reflexiones sobre Chile, los chilenos y su cultura, como una suerte de construcción discursiva del carácter, nacionalismo y patriotismo del país; agregó comentarios de sus viajes que no aparecieron en otros escritos; consejos y recomendaciones para sus lectores; datos históricos del país, además del uso constante de chilenismos, anglicismos y extranjerismos para expresar sus ideas (Sagredo, Rafael. "La invención de un clásico: los recuerdos del pasado de Pérez Rosales". Anales de Literatura Chilena. Año 14, número 19, 2013, p. 43-44).

Una tercera edición ampliada, también a cargo de Luis Montt, fue publicada durante las celebraciones del centenario de la República en 1910, la que se convirtió en parte de la Biblioteca de Escritores de Chile (1913) de la Biblioteca Nacional y fue enviada a las bibliotecas públicas de todo el país, expuesta como representación literaria de Chile en el extranjero y parte fundamental de las academias e instituciones intelectuales. Además, el proceso de colonización de Aysén y la Región de Magallanes revitalizó las memorias de Pérez Rosales y su experiencia en ese ámbito fue ampliamente valorada (Sagredo, p. 56).

Si bien el texto es reconocido como un "clásico de la literatura chilena", existen visiones disímiles sobre su contenido y formas literarias del autor. Desde una mirada crítica, pero también positiva sobre el mismo, el historiador Rafael Sagredo señala que se convirtió con el tiempo en parte fundamental del patrimonio nacional, gracias al realce dado primero por Luis Montt y luego en el siglo XX por Hernán Díaz Arrieta (Alone) (1891-1984) y sus varias reediciones. Sagredo Identificó una doble intencionalidad del texto: por una parte, publicar sus recuerdos personales y, por otra, entregar un texto formativo y de enseñanza, lo que convirtió a Pérez Rosales en un ejemplo o modelo a seguir, un chileno por antonomasia. Al respecto, este historiador escribió que "Recuerdos del Pasado sigue siendo el clásico indiscutido de nuestra literatura. Su posición, como el escudo, la bandera, la constitución, el orden, la estabilidad, y otras tantas cosas, son apreciadas como una condición de sobrevivencia nacional, sin la cual dejaríamos de ser lo que somos. Un síntoma más de cómo nuestro patrimonio, nuestra historia, nuestra identidad, en ocasiones, se parece más a un fósil que a una expresión de vitalidad" (Sagredo, p. 45).

Otra visión es la presentada por el historiador Pablo Concha Ferreccio, quien planteó el texto como una herramienta de construcción identitaria y fundacional de la República. Concha lo definió como una "novela de formación" en la medida en que Pérez Rosales evidencia un cambio personal constante debido a sus experiencia y viajes, a través de un relato conservador, nacionalista, "portaliano" y autoritario. Según Concha, Pérez Rosales buscó justificar el carácter oportunista de la elite chilena, de la violencia en la construcción y modernización del Estado nacional a través de, por ejemplo, el racismo en el proceso colonizador del sur, a la vez que se presenta al autor-personaje como aventurero, primero, y estadista, después.

Para Concha esta obra es "un texto que recorre la fundación y el temprano desarrollo de la República, cuando era necesario validar una cultura que se entendía como propia, capaz de distinguirse del pasado colonial y de las otras culturas modernas. Pérez Rosales relata ese periodo desde la voz de sus protagonistas. Ha escrito un libro, nos dice, como acicate para los chilenos: para que sepan qué es lo que se puede lograr con trabajo e iniciativa, para que entiendan el pasado común y su eventual proyección. De ahí que este libro haya sido degustado como la extracción más pura de la savia criolla" (Concha Ferreccio, Pablo. "Los sentidos de un clásico", prólogo de Recuerdos del Pasado. 1814-1860. Santiago: Tajamar Editores, 2018, p. 7).

Quien más exaltó ese modo de ver la figura de Pérez Rosales -un debelador del impulso nacional a través de su propia figura como observante y participante- fue el propio Alone, quien reeditó el texto en 1946, 1973, 1975 y 1976. Para este escritor el hombre, la obra y sus país formaron "un solo ser, con el mismo carácter y análogo de desarrollo", y destacó que "sus aventuras, sus viajes, son las sagaces y risueñas pupilas que paseó por tantos países y estructuraron el nuestro de norte a sur, de este a oeste, sin dejar rinconcillo inexplorado. Ese constituye el fondo de la tela. La pintura la puso su espíritu, ligero, penetrante, lleno de color y sencillez, que supo en pleno romanticismo liberarse del virus sentimental, y, trazando la historia de su vida, jamás tendió a exhibirse ni endiosarse. Esa modestia verdadera, ese buen gusto innato, encierran, a nuestro juicio, la suprema razón que mantiene al libro su vitalidad" (Alone, "Prologo" a Recuerdos del Pasado. Santiago. Editora Nacional Gabriela Mistral, 1973, p. 12-13).

La cercanía que generó el texto con los literatos nacionales -además de Alone, prologaron o estudiaron la obra Eugenio Orrego Vicuña (1900-1959), Guillermo Feliú Cruz (1900-1973), Amanda Labarca Hubertson (1886-1975), Narciso Binayán (1928-2008) en Argentina (1965), José Santos González Vera (1897-1970), entre otros-, se debió a su forma moderna y transicional entre el romanticismo, su personalismo y formas de escribir como sujeto histórico y narrador-personaje, sus formas clásicas de escritura con pasajes del texto en que abandona ese estilo y adopta un carácter más "espontáneo, franco y rebelde; un tono pregnante que, si no desconoce el ascendente clásico, tampoco se inscribe del todo en su estela. En ese sentido puede entenderse la permanente cita al Quijote y el empleo de léxico del Siglo de Oro mezclado con chilenismos, americanismos y citas del inglés y del francés" (Concha Ferreccio, Pablo. "Los sentidos de un clásico", prólogo de Recuerdos del Pasado. 1814-1860, Santiago: Tajamar Editores, 2018, p. 7-13).

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