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trabajo de los niños

A fines del siglo XIX la actividad industrial urbana y minera, particularmente carbonífera y salitrera, comenzó a incorporar la mano de obra de niños y niñas bajo condiciones de trabajo que hasta entonces no se conocían, lo que motivó un debate sobre los efectos positivos y negativos que esto provocaba. Finalmente se impuso una solución intermedia que buscó hacer compatible la escuela con el trabajo, lo que se expresó en la ley de instrucción primaria obligatoria de 1920 y en las leyes laborales de 1924.

Las labores callejeras provocaron mayor rechazo, pero la solución más recurrente fue regular las diversas actividades como la venta de diarios y la limpieza de calzado, estableciendo límites de edad y la exigencia de escolaridad primaria. La actividad infantil agrícola y doméstica no provocó igual interés y permaneció por más tiempo sin ser afectada por las políticas sociales.

Al parecer, fue el desarrollo social, económico, sus efectos sobre la distribución del ingreso y el aumento en las expectativas sociales, así como las políticas educacionales, las que finalmente redujeron las tasas de participación laboral infantil, a partir de los años sesenta y setenta. Desde entonces, la mayor parte de los niños no ha vivido la experiencia del trabajo, por lo menos en forma regular y asalariada, hasta que abandona el período escolar o deserta en la etapa final. Esto ha creado formas peculiares de sociabilidad infantil y juvenil en los sectores populares, que combinan la pobreza y una gran demanda de bienes de consumo, la que difícilmente es satisfecha.