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Juana Lucero

En Santiago, en el año 1902, Augusto D'Halmar publicó la novela Juana Lucero, con su nombre civil Augusto Thomson.

La obra se centró en la historia de Juana Lucero, una joven mujer criada solamente por su madre, quien trabaja como costurera. Después de la muerte de su madre, Juana se desempeña como sirvienta. Luego de sufrir una violación, queda embarazada y su amante la envía a un prostíbulo con engaños, lugar donde ejerce la prostitución forzada y enloquece.

En su primera edición, además del título, la portada llevó la frase "Los vicios de Chile". A partir de dicha frase, para Javier Ordiz, D'Halmar tuvo el proyecto de escribir una "trilogía narrativa a imitación de Zolá, que llevaría por título Los vicios de Chile" (Ordiz, Javier. "Dos ejemplos de naturalismo chileno: Juana Lucero de Augusto d'Halmar y los relatos de Baldomero Lillo". Arrabal. Número 4, 2002, p. 171).

La frase también ha sido interpretada como parte del nombre de la novela, es decir, Los vicios de Chile. Juana Lucero, título que hacía referencia a la idea de que "la sociedad chilena se degenera, es decir, no produce vida y si lo hace, aparece torcida" (Cánovas, Rodrigo. "A cien años de Juana Lucero, de Augusto D'Halmar: guacha, más que nunca". Anales de Literatura Chilena. Número 3, diciembre de 2002, p. 36).

En 1934, Ediciones Ercilla publicó la segunda edición del libro, que apareció con el título La Lucero. En ediciones posteriores durante el siglo XX, la novela se publicó con el nombre Juana Lucero.

En el prólogo de la obra, D'Halmar indicó que tituló Juana Lucero a este "estudio social" porque consideró que un "libro con pretensiones de ser la novela de una historia, necesita llevar por título el nombre de su protagonista" (Thomson, Augusto. Juana Lucero. Santiago: Imprenta, Litografía y Encuadernación Turín, 1902. p. 7).

En relación con la idea de la novela como "estudio social", la crítica literaria vinculó Juana Lucero con el naturalismo del escritor francés Émile Zola (1840-1902). Alone indicó que en el libro "hay minuciosos detalles del agobio y la muerte de la madre de Juana Lucero, pinturas de las casas de prostitución al gusto de los discípulos de Zola y consideraciones morales sobre la hipocresía y la corrupción de las clases dirigentes" (p. 15). Según Javier Ordiz, el libro "supone la primera incursión de la narrativa chilena en los nuevos temas, personajes y espacios que ofrecía la propuesta naturalista" (Ordiz, p. 171).

No obstante, también se han planteado matices a la filiación de la obra con el naturalismo. En el libro El naturalismo en la novela chilena, Vicente Urbistondo indicó que "lo que parece ocurrir" en Juana Lucero "es que D'Halmar no se conforma con lo que le proporciona el mundo concreto para el experimento y usa para el suyo un 'cuerpo' creado por su fantasía (…). En otras palabras, no parte de hechos conocidos; y al manipular los que inventa para exponer el mecanismo de ellos, se encuentra el lector con que no hay tal mecanismo; y en vez de actuar propelida por su aparato psicológico bajo la acción de la herencia y el medio, Juana se mueve hipnotizada por la voluntad del autor" (Urbistondo, p. 42-43).

Respecto de la lectura naturalista, Jaime Concha señaló que "ni naturalista ni realista ni costumbrista ni modernista ni romántica: nada de eso es, en definitiva, esta primera obra de Augusto Thomson, que se presenta más bien como la trasposición de sus experiencias traumáticas en el marco de un riguroso contexto de clase. En ella se integran distintas tendencias como factores, como elementos de una construcción eminentemente subjetiva, cuya clave son los propios fantasmas del autor, un trauma infantil y una crisis adolescente" (Concha, Jaime. "'Juana Lucero': inconsciente y clase social". Estudios filológicos. Número 8, 1972, p. 7-8).

Desde un punto de vista distinto, Antonia Viu y Claudia Darrigrandi analizaron la figura de la protagonista Juana Lucero como lectora. Este sentido, identificaron los intereses lectores del personaje, tales como el libro de tendencia espiritista que guardó en su habitación, las láminas que adornaron la pared del cuarto en la casa de su tía, el cuadro del presidente José Manuel Balmaceda y el retrato del amigo de su madre.

Viu y Darrigrandi indicaron que Juana "no es una lectora de novelas, sino una lectora de impresos, en tanto se siente visiblemente más atraída por los textos e imágenes que circulan entre los objetos que la acompañan a diario que por la literatura". Las prácticas lectoras de la protagonista "darían cuenta de un tipo de saber que (…) se propaga a diario entre los espacios de sociabilidad de las mujeres populares" de fines del siglo XIX, momento en el que se ambientó la obra (Viu, Antonia y Darrigrandi, Claudia. "Juana Lucero como lectora: cultura impresa, saber y mirada. Anales de Literatura Chilena. Año 18. Número 27, junio 2017, p. 29).

En relación con el resto de la obra de Augusto D'Halmar, Vicente Urbistondo indicó que este libro no tiene "parentesco literario" con las demás novelas y cuentos del autor, constituye una "novela dispar dentro de una obra bastante homogénea". Señaló, además, que este influjo pudo haberse "reforzado poderosamente por la tragedia de la madre del autor", en relación con que su padre "habría desamparado a su madre después de prometerle matrimonio" (Urbistondo, Vicente. El naturalismo en la novela chilena. Santiago de Chile: Editorial A. Bello, p. 20-24).

Con una visión similar sobre el contraste entre esta novela y el resto de la producción de D'Halmar, Alone indicó que "aunque con pie cambiado, no estuvo mal Juana Lucero para iniciarse en la vida literaria, y los criollistas se cuidaron oportunamente de recordar esa primera lección del maestro: enseñaba a observar la realidad, describía el ambiente chileno y no se dejaba arrastrar por la fantasía hacia mundos exóticos" (Alone, p. 15-16).

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