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Empresa Periodística La Nación

A inicios del siglo XX, se desarrolló un proceso de transformación del campo periodístico en Chile. La aparición de El Mercurio de Santiago en 1900 fue un hito que marcó la forma de hacer periodismo en el país, puesto que presentó un nuevo modelo en el que predominaba lo informativo por sobre la difusión doctrinaria o la propaganda partidista, aspectos característicos de algunos medios decimonónicos. Hacia la década de 1920, el modelo informativo se consolidaba como dominante en la prensa nacional (Santa Cruz, Eduardo. "El campo periodístico en Chile a comienzos del siglo XX". Periodismo y sociedad. Número 14, 2003, p. 1-4).

Durante este proceso de transformación, los diarios "comienzan a ampliar sus servicios noticiosos" por medio de la creación de secciones que "se caracterizan principalmente por la índole de sus informaciones de carácter netamente objetivo" (Valdebenito, Alfonso. Historia del periodismo chileno. Santiago de Chile: [s.n.], 1956, p. 79). En este contexto, el 14 de enero de 1917 apareció La Nación, fundado por cuatro senadores de filiación liberal: Augusto Bruna (1870-1939), Abraham Gatica (1865-1940), Alfredo Escobar (1873-1954) y Eliodoro Yáñez (1860-1932), quienes "no quisieron publicar un diario meramente político, y estudiaron el asunto hasta en sus menores detalles a fin de hacer un diario que sobreviviera a la campaña presidencial inmediata y que compartiera, si era posible, las posiciones conquistadas por El Mercurio", sin amenazar la existencia de este medio, sino que consideraban posible la convivencia de ambos (Silva Castro, Raúl. Prensa y Periodismo en Chile (1812-1956). [Santiago]: Ediciones de la Universidad de Chile, 1958, p. 381).

En el editorial del primer número, "Nuestro diario", los propietarios y fundadores de La Nación se propusieron que el medio fuera "un órgano de publicidad que refleje con elevación de espíritu y con imparcialidad el sentimiento liberal del país", sin compromiso con los partidos políticos. También se explicita que el medio se dirigía a la "opinión ilustrada del país" ("Nuestro diario". La Nación. Número 1, 14 enero 1917, p. 8), con lo que de esta forma "el diario dejó establecidas algunas características básicas de su diseño estratégico en términos comunicacionales" (Santa Cruz, p. 8).

Entre los fundadores, Yáñez tuvo una activa participación en el medio, pues se encargaba de la sección editorial y tomaba decisiones respecto a los contenidos a publicar. En el ámbito económico del diario, hacia la década de 1920, se convirtió en su único propietario y director y, bajo su liderazgo, "La Nación llega a ser uno de los cotidianos santiaguinos de mayor difusión en el país. Hacia 1925 lanza ediciones de setenta a ochenta mil ejemplares" (Berchenko, Pablo. "Eliodoro Yáñez, un editor de prensa, y La Nación" Aubert, Pail y Desvois, Jean Michel. Les élites et la presse en Espagne et en Amérique latine des Lumières à la seconde guerre mondiale. [Provence]: Université de Provence, [199-?], p. 249-250). A pesar de que en sus inicios el medio dedicaba dos hojas completas a la publicidad, "sin contar otra más de avisos clasificados, una guía profesional de alrededor de media página y avisos dispersos que se publicaban en las otras páginas", la labor administrativa de Yáñez fue importante para la mantención del diario, para lo cual no "escatimó medios para proporcionarle recursos" (Santa Cruz, p. 8).

Para lograr hacerse un espacio entre los medios existentes y lograr la convivencia con El Mercurio, La Nación desarrolló diferentes estrategias. En primer lugar, por medio de un formato de "periódico de tamaño estándar, con numerosas páginas", se presentó como una publicación que pretendía "dar la imagen de una prensa seria y responsable", utilizando la norma culta de la élite en "titulares sobrios y textos de cuidadosa redacción" (Berchenko, p. 250).

En segundo lugar, el medio ofreció un servicio noticioso exclusivo a sus lectores, pues contaba con un convenio con La Nación de Buenos Aires y la Agencia United Press de Nueva York, que facilitaba contar con corresponsales que le permitían ampliar la cobertura noticiosa del exterior. Por ejemplo, esto ocurrió con el caso de la Primera Guerra Mundial.

Una tercera estrategia pasó por la inclusión de un grupo selecto de periodistas y colaboradores "de alta calificación", con experiencia previa. Este fue el caso, por ejemplo, de Inés Echeverría (1868-1949), quien firmaba sus colaboraciones como Iris y escribió en el periódico desde 1917; también uno de sus columnistas en estos primeros años fue Joaquín Edwards Bello (1887-1968), quien colaboró desde 1920. Otros colaboradores fueron Víctor Noir, seudónimo de Enrique Tagle Moreno, quien escribía crónicas de actualidad y Ricardo Dávila Silva (1873-1960), quien firmaba como Leopard y colaboraba con textos de crítica literaria (Silva Castro, 382).

Así como otros medios que presentaron secciones diversas, La Nación le brindó un lugar especial a los "Deportes y la Hípica, no solo creando secciones específicas y claramente destacadas, sino que concediéndole cada vez más espacio en sus páginas". Si bien este no fue un contenido exclusivo de este medio, pues, por ejemplo, El Mercurio también presentaba secciones especializadas, este contenido le permitió al periódico de Yáñez establecer una competencia con El Mercurio, lo que, incluso, llevó a que este último editara un suplemento deportivo (Santa Cruz, p. 8-9).