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Teatro romántico de 1842

Tipo: Cápsulas

A inicios de la década de 1840, el teatro que se representaba en Chile era principalmente europeo, con obras, por ejemplo, de escritores como William Shakespeare (1564-1616), Alejandro Dumas (padre) (1802-1870) y Victor Hugo (1802-1885). De la mano de los intelectuales del movimiento literario de 1842, quienes hicieron eco del llamado de José Victorino Lastarria (1817-1888) a impulsar el desarrollo de las letras en Chile, la crítica teatral y el teatro llevado a escena comenzó a tener un mayor desarrollo en el país (Pinilla, Norberto. La generación chilena de 1842. Santiago de Chile: Editorial Manuel Barros Borgoño, 1943, p. 148-150).

En el ámbito de la crítica teatral, fue conocido el rol de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) desde las páginas de El Mercurio de Valparaíso (1827-) y en El Progreso (1842-1853), medio del que era redactor editorial y en el cual dedicó varios números a dar cuenta de las presentaciones dramáticas.

Sarmiento, en el artículo "Año nuevo", con motivo de un balance de 1842, comentó el desarrollo del teatro: "Este año ha dado una nueva fisonomía a nuestras diversiones públicas. El teatro se ha desenvuelto. Las representaciones de dramas modernos han sido repetidas y muy regularmente ejecutadas; muchos de ellos han sido traducidos por jóvenes del país con acierto e inteligencia. Nuestros ingenios no se han limitado al modesto trabajo de su traducción, se han lanzado a la originalidad Los amores del Poeta por el Sr. D. Carlos Bello; y el Ernesto por el Sr. Minvielle han sido ejecutados en medio de los aplausos del público muy particularmente el primero" ("Año nuevo". El Progreso. Número 45. 2 enero 1843, p. 2).

El interés por presentar críticas teatrales no fue exclusivo de El Progreso, sino que también se expresó en El Semanario de Santiago (1842-1843), medio que, intermitentemente, incluía alguna sección dedicada a las creaciones dramáticas hacia las páginas finales de sus números.

Las dos obras mencionadas por Sarmiento, Los amores del poeta y Ernesto, son destacadas por los investigadores del teatro representado en 1842 por "su atronador éxito de público y crítica" (Guerrero del Río, Eduardo. Cuadernos Hispanoamericanos. Número 409, 1984, p. 117) y también por "lanzarse a la originalidad", como hacía ver el redactor de El Progreso, pues constituyeron una novedad en un marco en que la mayoría del teatro representado era europeo.

Ambas obras han sido influenciadas por la estética romántica europea y son consideradas parte del llamado "teatro romántico" (Guerrero del Río, p. 117). En el caso de Los amores del poeta de Carlos Bello (1815-1854), Vilches ha observado que esta influencia se puede notar a nivel de los asuntos que son abordados, pues "presenta ciertas preferencias temáticas propias de un drama romántico, género en boga en la época, con evidentes influencias de los grandes dramaturgos románticos franceses, como Alexandre Dumas y Victor Hugo. Los protagonistas son personajes franceses viviendo en las inmediaciones de París, con conflictos, al menos a primera vista, poco reconocibles en nuestra sociedad. La imitación directa del estilo romántico europeo nos lleva a encontrar personajes estereotipados y con un vocabulario cercano a la cursilería" (Vilches, Emilio. "El teatro decimonónico como educador mediático al servicio de la República". Cine y Literatura, 2018. Consultado el 12 de agosto del 2020).

Respecto a Ernesto de Rafael Minvielle (1800-1887), Norberto Pinilla ha mencionado que se trata de un drama de tesis, es decir, una obra construida para la presentación de una idea a transmitir al público. En Ernesto, el protagonista homónimo es un español enviado a combatir la rebelión en Colombia, deserta del ejército de su país y viaja a Chile, lugar en el que pelea en el bando de los independentistas. Considerando esta trama, para Pinilla, la tesis que la obra propone es "el hombre de armas es ser de conciencia y de albedrío para elegir sobre la validez de sus actos, y no un autómata en manos de un superior" (p. 152).

Para Vilches, este teatro que se desarrolló en 1842 funcionó como un medio educativo para los ciudadanos que asistían y formaba parte del proyecto civilizatorio que los intelectuales de este periodo consideraban que debían propiciar y liderar. En este sentido, "el género dramático fue la herramienta principal para propagar este proyecto identitario modernizador. Todos los intelectuales de la época coincidían en el valor del teatro como escuela pública, separándolo tajantemente de otras diversiones de entonces, como las peleas de gallos y desfiles de caballos" (Cine y Literatura, 2018. Consultado el 12 de agosto del 2020).

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