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conciencia de que se habla de manera diferente

En 1835, Andrés Bello comenzó la publicación de las influyentes "Advertencias sobre el uso de la lengua castellana". Esta colección estaba dirigida especialmente a los padres de familia y maestros de escuela, con el fin de erradicar ciertos "vicios" que se presentaban en el habla chilena de la época, no tan solo en el plano léxico sino también en los planos fonético, morfológico y sintáctico. Sin embargo, este afán por corregir las particularidades no acabó en estas propuestas.

El Movimiento Literario de 1842, en el cual participaron importantes figuras como Domingo Faustino Sarmiento o José Victorino Lastarria, recogió las inquietudes culturales que se adueñaron de la naciente República. Pedro Fernández Garfias (de quien no se tienen mayores noticias biográficas), protegido de Sarmiento, divulgó en el diario El Mercurio de Valparaíso sus "Ejercicios populares de lengua castellana". Aun cuando este pequeño listado de palabras no perseguía otro fin más que prevenir a los lectores frente a determinados defectos en la pronunciación, su difusión levantó una inesperada polvareda intelectual, que problematizó públicamente, por vez primera, las divergencias que mostraba la lengua en nuestro país respecto del modelo peninsular. Luego de la publicación, diferentes personajes criticaron la acción de Fernández, entre ellos Andrés Bello, quien se envolvió en una áspera discusión con Sarmiento. Mientras este último respaldaba la obra, bajo el argumento de que eran las madres y las familias las principales responsables del mal hablar del pueblo, el pensador venezolano depositaba esa responsabilidad, más bien, en las élites, portadoras de una variedad de lengua ejemplar.

De las numerosas réplicas que generaron los "Ejercicios", destacan las observaciones planteadas por dos lectores que firmaron como "Un recoleto" y "T.R.E.S.". Ambos manifestaron sus opiniones frente a lo planteado por Fernández, en sendas exposiciones que pueden considerarse modernas para su tiempo. En sus cartas defienden la legitimidad de ciertas voces censuradas por Fernández que, sin embargo "se oyen todos los días empleadas por personas educadas y se ven a cada paso en los mejores escritores de nuestro idioma, no teniendo algunos de ellos un equivalente exacto que los reemplace" (Pinilla, Norberto. La controversia filológica de 1842, p. 18).

De manera intuitiva, estos lectores recurrieron a una operación esencial de la lexicografía diferencial actual, que es la de contrastar el vocabulario local con el registrado en el diccionario general de la lengua española (DRAE). Pero, en lugar de invocar este procedimiento para reprobar las variantes locales, "T.R.E.S." y "Un recoleto" se sirven de él para reafirmar su convicción de que, tratándose de un hecho de lengua, este puede perfectamente "existir en España o en otra parte y no existir en Chile" (p. 18). "No creemos -declara T. R. E. S.- se deba seguir ciegamente la autoridad del diccionario": en materia lingüística, agrega "Un recoleto", es preciso que "consultemos el uso, juez cuya decisión es de tanta fuerza como la de la Academia" (p. 14).