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Rutas comerciales

El Cabo de Hornos fue abierto al comercio por navieros franceses a principios del siglo XVIII como consecuencia de la Guerra de Sucesión y de la nueva alianza entablada entre España y Francia. En un principio se permitió extraoficialmente su uso, por estar aún vigente el sistema de flotas y galeones entre Callao, Portobelo y Cádiz. Sin embargo, el comercio de contrabando por el Cabo de Hornos cundió rápidamente, proporcionando un significativo impulso a Buenos Aires, Concepción y Valparaíso, donde era frecuente ver naves portuguesas, norteamericanas, francesas, turcas, prusianas, suecas y hasta inglesas. Con el correr del tiempo y el fracaso del sistema de flotas y galeones, el comercio de contrabando se incrementó despertando una fuerte preocupación en el Perú, antes eje del sistema de monopolio. No obstante, en 1739 Portobelo fue arrasado por los ingleses y en 1740 la corona debió abrir oficialmente la ruta por el Cabo de Hornos para naves españolas, a pesar de la saturación del mercado chileno. En este contexto, los borbones implementaron la política de navíos de registro con el objetivo de incrementar el control metropolitano del comercio, disminuyendo el papel del virreinato peruano. A fines de la década de 1770, Lima siguió perdiendo su rol como eje articulador del comercio colonial al establecerse el virreinato de la Plata en 1776 y el libre comercio entre todos los puertos españoles y América en 1778.