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“Nuestro enemigo el lujo” (1874) de Marcial González

Durante la década de 1870, la crítica acerca de la ostentación de la riqueza y, en particular, la dirigida a la idea del lujo, presentó cierta urgencia en la prensa periódica, cuestión derivada del boom económico asociado al descubrimiento de la mina de plata de Caracoles en los primeros años de esta década. Si bien la discusión acerca de este fenómeno social se extiende desde 1830 en Chile, en este periodo, "la censura al lujo se radicaliza, se agrava el diagnóstico sobre su virulencia en la sociedad chilena, y la dimensión de género adquiere contundencia como categoría crítica" (Vicuña, Manuel. "La política de las formas". Universum. Volumen 2. Número 27, 2012, p. 243).

El gasto excesivo no fue solo propio de los sectores acomodados, sino que el despliegue ostentoso de bienes suntuarios condicionó la "vida de las capas superiores de la clase trabajadora y de los todavía ralos sectores medios, no menos que la de las familias patricias al borde de la quiebra" (Vicuña, Manuel. "Santiago y la élite nacional". La belle époque chilena: alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo. Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 2001, p. 36).

En la Revista de Valparaíso (1873-1874), Lucrecia Undurraga (1841-1901) y Rosario Orrego (1831-1879) criticaron el avance del lujo en Chile. Si bien ambas autoras desarrollaron sus intervenciones poniendo distintos énfasis, coincidieron en la caracterización del lujo como una "plaga" y en las consecuencias negativas para quienes gastaban más de lo que tenían.

Así, Undurraga sostuvo que, aunque comprendía que el lujo podía existir, pues brindaba ciertas comodidades y lo consideraba como un "estímulo y sostenedor de las artes y del trabajo", lo que reprobaba era el gasto en exceso, especialmente, en el caso de Chile, pues "somos una nación de ayer, y somos todavía una nación pobre, puesto que la fuente de nuestra riqueza está solo en el trabajo de cada uno" (Undurraga, Lucrecia. "El lujo". Revista de Valparaíso. Tomo 1, 21 octubre 1873, p. 14). En relación con este exceso de gastos, Orrego indicaba que este representaba "al fin del año o de unos años la ruina o el deshonor de las familias; poco a poco se va contrayendo el hábito de gastar más de lo que se tiene" (Orrego, Rosario. "El lujo y la moda". Revista de Valparaíso. Tomo 1, 21 octubre 1873, p. 415).

En relación con la extensión y crecimiento del lujo, Orrego dirigió su crítica a las mujeres, indicando que por su rol social tenían una mayor responsabilidad pues "salvo honrosas excepciones son las grandes sacerdotisas del abominable culto tributado al becerro de oro! Ellas son las que por satisfacer su sed de lujo impelen a sus maridos y hacen comprender a sus novios la necesidad de ganar mucho dinero. Si los hombres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres: sobre ellas cae la mayor responsabilidad de todo lo que tiene de materialista, de interesado y de penoso para toda alma noble las costumbres del siglo" (Orrego, p. 474). Con esa diferenciación, Orrego "edifica la división de las esferas de lo público y lo privado bajo la problematización del lujo; todo esto ligado a una apreciación moral. Los dos extremos de moralidad que emplaza la sujeto serán: las leyes y las costumbres, de una parte lo sistemático-político y administrativo, el nivel de las ideas, y de la otra, lo cotidiano y práctico; de una parte, lo masculino y de otra, lo femenino" (Arcos, Carol. "Musas del hogar: la escritura pública de Rosario Orrego de Uribe". Revista Chilena de Literatura. Número 74, abril 2009, p. 22).

Al año siguiente de la aparición de estos artículos, Marcial González (1819-1887), economista liberal, publicó en la revista Sud-América el texto "Nuestro enemigo el lujo", en el que presentó un análisis respecto al avance de este fenómeno y también expresó su opinión sobre su impacto en lo económico, social y moral.

González definió el lujo como "el gasto excesivo y de pura ostentación", que "estaría asociado a la reciente emergencia, en la sociedad chilena, del moderno 'espíritu de igualdad'. En su tendencia a invalidar formas previas de distinción social, residirían los gérmenes del consumo conspicuo censurado por el autor" (Vicuña, Manuel. "Santiago y la élite nacional". La belle époque chilena: alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo. Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 2001, p. 36).

En línea con Orrego y Undurraga, González alertó acerca de las consecuencias del avance del lujo, al que -como también hicieron las autoras- llamó "plaga social". En el ámbito económico, señaló su peligro, pues "cuando no destruye los capitales y agota los gérmenes de la producción, trae al menos como resultado el consumo de toda o casi toda la renta, y entonces no crece la riqueza en proporción a las necesidades, faltando en consecuencia uno de los elementos de la producción y viniendo en pos de esta falta los vicios y la miseria (González, Marcial. "Nuestro enemigo el lujo". Sud-América. Tomo 3, número 1, 1 de mayo de 1874, p. 108).

En relación con sus consecuencias morales y sociales, González indicó que ya en esos años se podía observar una "baja que, respecto de los tiempos pasados, se nota en el nivel de las ideas y hasta de los sentimientos generales". Con tono pesimista, mencionó que "nadie se interesa ya por la política ni el amor al bien público, la patria, las glorias del arte y hasta la dulce sociabilidad parecen adormecidas. Faltan evidentemente estímulos que den impulso al desarrollo intelectual y moral, el corazón se muestra sordo al llamado de las nobles emociones, y la vida regalada, el agio por toda ocupación y los hábitos de ocio y de molicie continua ciertamente que no son las palancas mejores para levantar y retemplar nuestro carácter nacional" (González, p. 144-115).

La crítica al lujo -representada en las intervenciones de Undurraga, Orrego y González- "remite a ciertas vertientes del pensamiento republicano y a su noción del lujo (basta pensar en Rousseau y en su idealización de la vida rústica) como una pasión mundana dañina para el carácter independiente del ciudadano, toda vez que lo somete a la esclavitud de unas necesidades superfluas" (Vicuña, p. 257).